Jueves, 11 Noviembre 2021 10:04

La vida vivida como vocación

La experiencia cristiana es, ante todo, una vocación, una llamada. No somos nosotros los que buscamos a Dios, sino que es Él, quien sale a nuestro encuentro.

Es la experiencia que la Sagrada Escritura nos testimonia en figuras como Abraham, Moisés, Judit, Esther, Rut, María, los discípulos y discípulas y tantas otras personas que vivieron en carne propia el encuentro con Dios y no pudieron seguir siendo los mismos, sino que se sintieron convocados a anunciar y hacer posible el reino de Dios en el aquí y ahora. “En esa inmensa nube de testigos”, como lo relata bellamente la Epístola a los Hebreos (11, 2-12,4), vamos añadiendo nuestros nombres y, aunque reconociendo la precariedad de nuestro propio testimonio, nos esforzamos por entrar en esa dinámica para seguir construyendo un mundo desde la fe, la esperanza y el amor.

Historia de amistad

ciclista vocacionadoLa respuesta a esa llamada del Señor se teje a lo largo de toda la vida, se consolida en la fidelidad del día a día y nos hace decir con el apóstol Pablo "No creo haber conseguido ya la meta, ni me considero perfecto, sino que prosigo mi carrera hasta alcanzar a Cristo Jesús, quien ya me dio alcance" (Flp 3,12). Supone un encuentro personal: "¿me amas?, Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo" (Jn 21, 15-17). Y en esa historia de amistad, en esa vida compartida la persona se transforma desde dentro. La vocación se convierte así, no en algo accidental, sino en constitutiva de todo el ser y quehacer, abriéndose al horizonte de una misión que nos reclama: "apacienta mis ovejas" (Jn 21, 15-17). 

Esta llamada que se experimenta como irresistible es lo que diferencia la fe cristiana de cualquier otra opción que se hace en la vida. Supone la decisión personal, pero es más que eso: Es el don del amor que nos hizo “arder el corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras” (Lc 24,31). Esta experiencia nos pone en marcha como a los peregrinos de Emaús que vuelven a Jerusalén cuando reconocen al Resucitado (Lc 24,33) y nos hace anunciar a otros “lo que hemos visto y oído” (Hc 4, 20).

Enamórate

La vida vivida como vocación se constituye en sentido de vida. Surge en la persona la disposición interior a la realización de una misión que abarca todo su ser y se confirma con las aptitudes que se poseen. Moviliza de tal modo las energías personales que absolutamente todo lo que la persona realiza se convierte en realización de esa vocación. En este sentido el jesuita Pedro Arrupe, compuso un poema titulado “Enamórate” que dice mucho de lo que supone este horizonte vocacional: “(…) Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación y acaba por ir dejando huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón, y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud (…)”. Otro santo, Pedro Poveda, fundador de la asociación laical Institución Teresiana, desde el horizonte educativo que propuso como vocación para sus miembros, decía: “Denme una vocación y les devolveré una escuela, un método, una pedagogía”.

La profesión vivida en este horizonte más amplio, se convierte en una verdadera vocación. Esto nos sitúa en la misma dinámica de los primeros cristianos "que no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres (...) sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras (...) y adaptándose en comida, vestido y demás géneros de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de vida superior y admirable y por confesión de todos, sorprendente" (Carta a Diogneto V, 1-4). Aquí alguna sensibilidad puede rechazar la frase un tenor de vida superior. Es comprensible. La limitación del lenguaje y los usos de la época siempre son susceptibles de modificarse.

Pero entendamos bien: la vocación imprime a nuestra vida un talante interior que es el aporte fundamental que podemos ofrecer a nuestros contemporáneos. Sin embargo, lo que es ineludible y tenemos que ofrecer es una vida que se vive como vocación y que le imprime la presencia del Espíritu en todo lo que hacemos. Nuestra profesión es el horizonte en que probamos nuestro amor a Dios y nuestro compromiso fraterno, pero si la profesión no está informada por el Espíritu, pierde su esencia, su razón de ser, su fecundidad.

unidos en la vocacionLa vida cristiana no se jubila

En definitiva, quien vive su vida como vocación ensancha el espacio de su tienda y experimenta la fecundidad del Reino. Sabe que todo lo que hace tiene una dimensión trascendente. Su ser y quehacer se convierten en la acción de Dios mismo en nuestra historia. De hecho, Dios no tiene otra manera de hacerse presente entre nosotros. De ahí la radicalidad de la llamada a colaborar con el Reino: "quién pone la mano en el arado y mira para atrás, no sirve para el Reino de Dios" (Lc 9, 62). Efectivamente, la experiencia cristiana es la vida entera que se apasiona por hacer presente a Dios mismo en esta historia y en ello compromete todo lo que se es. Cuando se ha vivido la vida en este horizonte, la terminación de un empleo formal no significa el fin de un quehacer, sino un cambio en la realización de ese mismo quehacer que, ha sido, el que cada persona ha encontrado para desplegar lo mejor de sí misma. Por eso, en la vida cristiana, no existe la figura de la jubilación laboral, sino el gozo de hacer aquello que se sabe hacer, cada vez con más gratitud, más generosidad, más pasión, más desprendimiento. 

Renovación de fondo

Y una nota final: en tiempos en que se dice que “hay escasez de vocaciones”, entender la propia vida como vocación ayuda a matizar esa afirmación porque es verdad que hay escasez de vocaciones a la vida religiosa y presbiterial, pero eso no tiene que ir de la mano de falta de vocaciones a la vida cristiana. Tal vez este momento está diciendo que esos estilos de vida están urgidos de una renovación de fondo para que puedan ser atrayentes para la juventud de hoy y, posiblemente, tienen que entenderse desde el sentido más profundo que tiene esa vocación específica: pequeños grupos, como lo fueron las pequeñas comunidades cristianas, que desde su estilo de vida interpelan, alientan y dan testimonio del seguimiento de Jesús.

Olga Consuelo Vélez, Teóloga. Bogotá, Colombia.

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