Miércoles, 09 Octubre 2013 11:28

Josefa Segovia: "Ante la verdad y la vida"

Josefa SegoviaMADRID, España.
María Josefa Segovia Morón nació en Jaén el 10 de octubre de 1891. En su aniversario, la Cátedra Pedro Poveda de Historia de la Institución Teresiana ofrece un texto escrito por Ángeles Galino, ex directora general de la I.T., en ocasión de su muerte, el 29 de marzo de 1957. Sirva de homenaje a quien fue la primera Directora General de la Institución Teresiana, mujer pionera que abrió nuevos caminos en la Iglesia y en la sociedad.

ANTE LA VERDAD Y LA VIDA

Por Ángeles Galino

Era la de María Josefa Segovia una de esas inteligencias privilegiadas que poseen la propiedad de hacer fácil lo que, antes de enfocarlo ellas, a todos parecía difícil. Y esto tanto en el plano de la teoría como en el de la práctica. La clarividencia con que intuía las realidades concretas era particularmente notable.

En todas las cosas suyas hay un sano realismo, un inconfundible sabor de humanidad. Tenía el sentido de las realidades, no sólo para actuar sobre ellas con la potencia configuradora de los hombres de acción, sino también simplemente para percibirlas, para sentirlas, y, si era preciso, para sufrirlas, que en esto de sufrir, era muy mujer. La realidad por ella vivida primaria y directamente, es sin duda alguna la de la gracia, con los inmensos valores del mundo sobrenatural que constituía el clima de su personalidad, y donde todas sus manifestaciones cobran cumplida interpretación.

Pero junto a ello deberían decirse dos palabras de su peculiar manera de vivir y conducirse ante los valores naturales, humanos e históricos.

Por un lado orientó posiciones y fijó criterios sobre una serie de puntos básicos frente a los cuales la Institución Teresiana había de adoptar una postura. Por otro, siendo ella el prototipo de este género de vida no rehuyó responsabilidades, ni se refugió en la evasión ante las vicisitudes del mundo en que le tocó vivir.

Quizá con una afirmación quede dicho todo: por las varias y anchas dimensiones de su humanismo siempre cruzaba Dios. Fue la suya una naturalidad transida de sobrenaturalidad.

Tomaba el mundo como es. No eliminaba las realidades peligrosas o ambivalentes. Las aceptaba, las valoraba positivamente en lo que tienen de ser, se adueñaba de ellas, las cultivaba, las elevaba, las completaba y se las ofrecía a Dios.

Vaya en primer término su posición ante la ciencia cuyo cultivo consideró, «como propio y específico de la vocación teresiana». La Institución halló siempre en su directora general, por lo que a este campo se refiere, orientación y estimulo.

Desde luego orientación, porque María Josefa Segovia supo valorar toda verdad, la verdad humilde de las pequeñas cosas —calibraba el detalle y el gesto—, y las verdades de simple razón establecidas en todas las parcelas del saber, ya que, en principio, la Institución no puede sentirse ajena a ninguna de las grandes cuestiones que hoy se agitan en el campo de la cultura. Promovió el estudio, la investigación y el pensamiento. Para ello, organizó viajes al extranjero, cursos y jornadas de intercambio y orientación. Toda la gama de estudios superiores. Amiga de verdades y de letras, como santa Teresa, cualquier especialidad podía lisonjearse de encontrar en ella buena amparadora.
Pero aún puede hablarse más propiamente de orientación, teniendo en cuenta que María Josefa Segovia ha enfocado la síntesis de los saberes naturales con el saber revelado, al señalar en la presentación de la revista «Eidos», grados y formas de adhesión del pensamiento a la doctrina de la Iglesia.

Da por supuesto, en todo caso, refiriéndose a la producción de autores creyentes, la forma negativa que se limita a no contravenir las aserciones establecidas por la autoridad eclesiástica. Pero invita a cultivar las ciencias redoblando el esmero en aquellos aspectos que elaboran una postura de acatamiento positivo a las posiciones católicas autorizadas, y en los que desentrañan la verdad revelada para iluminar con sus claridades otros planos de la humana especulación.

Su misión orientadora no ha sido menos fructífera destacando el aspecto ascético del estudio, del que advierte que si la vida intelectual «impone por sí misma austeras obligaciones, ¡cuántas más, si aspira a desenvolverse en una atmósfera francamente cristiana!». Y señala con delectación las virtudes del estudio, del que quiere servirse «como escala de perfección y medio muy propio de santificación». Glosa a san Isidoro cuando escribe «el pecado prevalece más por ignorancia» y «no evitamos la culpas sino por medio de la sabiduría».

Quien estudia, piensa Josefa Segovia, tiene con ello un gran medio para hacerse humilde, pues «conociendo la grandeza palparemos con mayor evidencia nuestra pequeñez». El estudio, disciplina el espíritu porque «implica atención, fijeza, orden, constancia, austeridad, educación de los sentidos, cauce de la imaginación, desarrollo de la memoria». Es una labor que, como ninguna, exige orden y honradez en los procedimientos.
Finalmente, toda la gesta de su vida, ha estado al servicio de «aquella armonía necesaria entre la perfección moral y la perfección intelectual», que expone deleitosamente en su carta sobre el estudio, convencida de que lograrlo es, en el gremio de la Iglesia, tan posible hoy como en tiempos de la Patrística y la Contrarreforma.

El estímulo en este sentido, ha sido sin tregua. Ha fundado tres Casas de Estudio y ha promovido junto a diversas universidades eclesiásticas o estatales, varios grupos de estudiosas. A ella se debe el nuevo estilo de la «Revista de la Institución Teresiana», siempre interesada seriamente por temas culturales, pero en su nueva época más abierta a cuestiones de actualidad, tanto por su formato, como por la estructura interna de sus secciones.

En un plano superior, la aparición de la nueva revista «Eidos, Cuadernos de la Institución Teresiana», marca una época de madurez en la producción intelectual de la obra, al mismo tiempo que ofrece al mundo un órgano de investigación e información cultural, publicado por un grupo de mujeres. Josefa Segovia quiso que esta revista viese la luz como homenaje de la Institución a la Santísima Virgen en el año mariano de 1954, y que su primer número estuviese íntegramente dedicado a temas mariológicos.

Si del orden del pensamiento descendemos a otros planos, quizá más vitales seguirá aceptándolos y elevándolos.

Amó la vida y enseñó a valorarla.

Cuando hubo de señalar los grandes males de nuestro tiempo cuidó de poner en primer término el disgusto de la vida: «Todo sabe mal. Todo es tristeza y pesadumbre. Se busca el bienestar en donde es imposible encontrarlo y las gentes arrastran la vida sin ideales, sin disfrutar de los goces y alegrías legítimas».

Frente al pesimismo angustioso que ha invadido el mundo en los últimos años, ella se ha esforzado por enseñar a las jóvenes la estima de la vida, y se ha convertido en apóstol de la esperanza cristiana. Se detuvo en la meditación del vacío y la soledad del hombre moderno, se acercó con verdadero deseo de comprensión y ayuda al tedio de la humanidad angustiada y denunció dolorida las causas de su enfermedad, en la ruina de su espiritualismo. Le dolían sobre todo, los peregrinos que van a oscuras, «perdidos en un camino lleno de malezas, sin norte ni guía». En cada uno de estos corazones aspiró a encender la estrella de la esperanza que es María. A su lado, todo era sonrisa. Alegraba y embellecía cosas y ambientes. Enseñaba a descubrir belleza y perfección en el curso de los pequeños quehaceres como en el de las grandes empresas.

Mujer de su tiempo, quiso y aceptó para ponerlos al servicio de Dios todos los adelantos de la ciencia y de la técnica moderna. Mientras recomendaba el cuidado en el estudio, para estar al día, «a tono con las exigencias de estos tiempos nuevos», era ella misma el ejemplo vivo de esa consciente vigilia del momento. Sobre su mesa de trabajo siempre el último libro, la mejor revista, el artículo candente, la noticia de actualidad, todo en espera de la mirada que, con toda certeza, habría de hurtar —exactamente el tiempo preciso para ello— a las agobiantes ocupaciones del gobierno de la obra.

Todos los medios que los hombres emplean en sus negocios ordinarios se debían emplear con mayor razón y con más poderoso empeño en el servicio de Dios. Nadie como ella para persuadir en esta sagacidad a los «hijos de la luz», para alentar novedades eficaces:

«Alégrate de ser en lo externo "innovadora" y "audaz", contando como cuentas con lo que tú llamas amarras. Con esas amarras tú quedas un poco atada, y con tus "audacias", los otros quedan un poco impulsados».

Estas innovaciones lo mismo podían traducirse en un modesto carnet de conducir, en un tomavistas, en un magnetofón, en un proyecto apostólico fuera de molde o en una tesis doctoral elaborada sobre los últimos descubrimientos de la ciencia. Para todo guardaba su palabra de ponderación, su crítica certeramente progresiva. Postura la suya muy premeditada:

«... Junto a vosotras cuando investiguéis la verdad, deseo estar... me tendréis —subrayaba en su humildad— como el pobre hombre que con su esfuerzo no puede levantar la carga que otros empujan con dificultad y él les grita alentándolos: ¡Adelante, falta poco! ¡Arriba os espero!... ¡Adelante! ¡Adelante!».

Enlace a Apuntes de la historia (se presenta y contextualiza el presente texto).

También puedes ver el documento en pdf aquí.

 

 

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