El Centro Educativo y Cultural de las Misiones Pontificias (PEMCC, por sus siglas en inglés) volvió a cobrar vida con el inicio del campamento de verano de seis semanas, que comenzó el pasado 22 de junio y concluyó el 31 de julio.
Este evento reunió a unos 95 jóvenes procedentes de Belén, Beit Jala y Beit Sahour, que comenzaron su divertida y enriquecedora experiencia en el campamento con espontaneidad, energía desbordante, un auténtico afán por aprender y una enorme alegría. Tres grupos de diferentes edades, comprendidas entre los 6 y los 17 años y un máximo de 37 participantes por grupo, vivieron una experiencia de dos semanas llena de diversión, amistad y descubrimientos. Las actividades de los distintos grupos variaron en función de su edad y sus necesidades.
Inspirados por el lema de este año, “Avanzando en el camino: los jóvenes construyen un futuro de esperanza”, los campistas han aprendido que la vida es, sin duda, un viaje apasionante, que se recorre mejor con el corazón abierto, la mente curiosa y el espíritu alegre.

Hay un momento para todo
Desde juegos en equipo y actividades creativas para conocerse a uno mismo y a los demás, descubrir el liderazgo, las habilidades comunicativas y relacionales, trabajar juntos en grupo, compartir ideas, conectar con sus sueños y aspiraciones, relacionarse con la naturaleza y el patrimonio, hasta conversaciones significativas y nuevas amistades, los días estuvieron llenos de energía, risas y buenas vibraciones.
Los participantes tuvieron tiempo para moverse con toda su energía y tiempo para tomarse las cosas con calma. Un momento para correr y otro para quedarse quietos. Un momento para actuar por impulso y un momento para pensar antes de actuar. Un momento para hacer y un momento para simplemente ser. Un momento para reír con los amigos y un momento para disfrutar de un momento de tranquilidad. Un momento para hablar y un momento para escuchar. Un momento para desafiar a la mente y otro para dejarla divagar con libertad y creatividad. Los integrantes del campamento han vivido todos estos momentos a lo largo del mismo.

Oportunidades para aprender y crecer
Siempre se comenzaba el día con mucha energía realizando actividades deportivas, de acondicionamiento físico y juegos de retos (tanto al aire libre como en recintos cerrados), en los que se desarrollaba no solo la fuerza y la resistencia, sino también el trabajo en equipo, la disciplina, la confianza y las amistades. A medida que el ritmo se ralentizaba, se cambiaba de actividad para dedicarse al ajedrez y a sesiones de formación en valores que agudizan la concentración, paciencia y pensamiento estratégico, jugada a jugada, además de ayudar a reconocer y apreciar los valores que posee cada persona. El reto continuó con sopas de letras y otros juegos educativos, como el Monopoly, el Uno y el “Perpetual Commotion”, para estimular sus mentes y demostrar que aprender puede ser tan emocionante como jugar.
Algunas actividades recordaron a estos jóvenes que el crecimiento se produce de muchas maneras: a través del movimiento y la quietud, la acción y la reflexión, el trabajo en equipo y la concentración silenciosa, la imaginación creativa, etc. Así pues, no se trataba solo de realizar actividades cada día, sino de ayudarles a crecer en esperanza y responsabilidad, a descubrir nuevas fortalezas, a crear recuerdos alegres y a avanzar hacia un futuro más brillante.

A lo largo de estas dos semanas, los participantes de cada grupo prefirieron las conversaciones reales a las pantallas (ya que entregaron sus teléfonos móviles al personal para que se los guardaran durante la sesión). Por ello compartieron risas en lugar de estar mirando la pantalla y descubrieron la alegría de estar presentes simplemente e interactuar físicamente. A lo largo del proceso, quienes no se conocían generaron una amistad, la confianza fue creciendo, salieron a la luz talentos ocultos y se crearon hermosos recuerdos, instantes que llevarán consigo mucho tiempo después de que el campamento haya terminado.
Los viajes continúan
Uno de los momentos más destacados fue la siembra de plantas (florecientes y trepadoras). Una actividad sencilla pero significativa que simbolizaba de forma hermosa el viaje que estaban compartiendo, alimentando la esperanza y construyendo un futuro más brillante. Mientras llenaban las macetas vacías con tierra fresca, sustituían con delicadeza las plantas viejas por otras nuevas, las regaban y cuidaban con esmero cada una de ellas, estaban haciendo mucho más que simple jardinería. Estaban plantando semillas de esperanza: para ellos mismos, para su futuro y para su querida patria.

Otro de esos momentos se produjo cuando algunos campistas compartieron con los demás las galletas, los cruasanes, los helados y los chocolates que habían llevado. También, cuando uno de los campistas celebró el regalo de la vida con el resto del grupo, lo que hizo que su día fuera aún más especial. Un gesto sencillo, pero un hermoso recordatorio de que la alegría crece cuando decidimos dar y compartir.
El último día, cada grupo se dedicó a celebrar el camino recorrido, que les había unido más. “Un bonito recordatorio de que los jóvenes no solo necesitan actividades, sino espacios donde se sientan acogidos, valorados y libres para ser ellos mismos. Dadles ese espacio y os sorprenderán. Crecerán. Florecerán y serán una fuente de inspiración”.
Original en inglés.
Texto y fotos: Monnitte Monana y el equipo de PMECC.




