Elia Fleta es cantante y compositora, pero también artista, especializada en iconografía, formada en la India en meditación Vipassana, además de haber estudiado Pedagogía musical, Historia y Teología. Su inquietud la ha llevado a formar parte de distintos proyectos sociales de la IT, a la que conoció siendo muy joven en Lima (Perú), empujada por una vocación que le surgió a los cinco años después de ver la película Marcelino, pan y vino. En esta entrevista nos cuenta cómo ha sido y es su vida como miembro de la Institución Teresiana.

¿Cuándo sentiste que tenías vocación?
Aunque parezca prematuro, cuando tenía cinco años y medio mi madre nos llevó a ver la película Marcelino, pan y vino, y me impactó mucho porque el niño era de mi edad. Lo que más me llamó la atención era cómo dialogaba con Jesús. Tras ver la película, me sentía distinta porque yo quería ser amiga de Jesús como lo era Marcelino. Creo que Dios me llamó en ese momento. Tengo además una foto de ese día, porque mi madre nos llevó después del cine a un estudio para fotografiarnos, y al ver mi mirada de cinco años y medio recuerdo con claridad ese momento y lo que sentía.
¿Cuándo conociste la Institución Teresiana?
Como mi padre era bróker siempre estábamos viajando, íbamos de un lado a otro y en uno de estos periplos acabamos en Perú. En este país no había colegios gestionados por monjas, que era la educación que mis padres habían elegido previamente tanto para mí como para mis hermanas, pero sí había un centro de la Institución Teresiana que le recomendó el embajador y conseguimos que nos admitieran.
Yo continuaba con esa inquietud vocacional, y fue en ese centro de la Institución cuando descubrí que me gustaba mucho el estilo de enseñanza de sus miembros. No era como el que yo había conocido, era un colegio más
abierto, y aunque había integrantes de la IT que trabajaban en el colegio, otras eran médicos, abogadas…, ejercían profesiones diversas en lugares variados, algo que me impactó. Entonces me dije que quería formar parte de todo eso y empecé mi formación para ser miembro con 16 años, aunque sin que mis padres supieran nada.
En este proceso tuviste una fugaz carrera musical, ¿cómo fue esa etapa?
Al poco de iniciarme en la formación de la IT, volvimos a viajar y vivir en distintos sitios por lo que no pude continuar. Estuvimos en Estados Unidos, en Madrid y en Barcelona. Cuando estábamos aquí se emitió un programa de Radio Televisión Española en el que se hablaba de mi abuelo (el tenor Miguel Fleta) y en el que mi hermana y yo aparecíamos cantando. El compositor y productor musical Juan Carlos Calderón nos vio y contactó con mi familia.
Después acabamos grabando un disco de 45 rpm con dos canciones, pero no lo pudimos promocionar porque nos fuimos a Colombia. Sin embargo, en este país era más fácil la promoción de los músicos porque las discográficas se encargaban de todo. Cada dos semanas aparecíamos en la televisión con actuaciones o entrevistas, y por aquel entonces había solo dos canales. Estoy hablando de los años 70, entre 1972 y 1973. Nos llamábamos Elia y Elizabeth, y cantábamos a dúo.
En Colombia estaba la IT, ¿intentaste contactar?
Un día que mi madre fue de visita a ver unos amigos en Bogotá, cogí una bici y me fui hasta el colegio de la IT que había allí, el Liceo Segovia. Les dije que quería continuar con mi formación. Conseguí una beca para estudiar el bachiller y seguí cantando a la par que compaginaba los estudios y la formación en la Institución. Porque nosotras nos formamos en la vida, no tenemos un noviciado, ni vestimos hábitos.
En aquella época no se entendía que hubiera un miembro que se dedicara a cantar y saliera en la televisión. Entonces, la directora responsable de esa zona me dijo que tenía que escoger. Yo tenía muy claro que para mí lo primero era la vocación. Mi madre no lo veía de la misma forma, porque estábamos ganando dinero y en ese momento en mi casa era importante obtener ingresos. Ella se opuso mucho, así que un día me escapé con lo puesto y unos ahorros que tenía guardados mi hermana. Tardé dos días en llegar al colegio de la IT, pero cuando lo hice me dijeron que llamara a mi madre que me estaba buscando desesperadamente. Al final, diversos acontecimientos familiares hicieron que mi madre cediera y dejé mi carrera musical para dedicarme a la Institución.
Realmente nunca has dejado la música y además formaste el grupo Al-Haraca, ¿cómo surgió esta iniciativa?
Me di cuenta de que quería seguir trabajando más el tema de la música dentro de la IT e hice la propuesta de formar un grupo musical a la directora general de entonces, Ángeles Galino. Recuerdo que ella me dijo: “Si Dios es abierto, ¿cómo no lo voy a ser yo?”
Así surgió el grupo Al-Haraca, una palabra árabe que significa “movimiento que transmite algo humano”. Grabamos dos casetes con canciones propias de la IT y actuamos en distintos sitios. Tuvo una acogida muy buena.
Sin embargo, yo soy una persona inquieta y como quería tener una experiencia “de selva” me fui al Chocó, en Colombia, donde estuve un par de años. Allí hicimos, con una enfermera, un proyecto de salud y educación de mujeres. Yo ayudaba a crear microempresas a mujeres que trabajaban buscando oro en el río. Mientras tanto, el grupo continuó unos años más, pero luego no pudo seguir adelante por cuestiones diversas.
Has estado en muchos lugares, y ahora ya llevas varios años en Roma, ¿cómo describirías lo que te ha aportada la IT en tu vida?
La Institución Teresiana me ha ayudado a canalizar, organizarme y utilizar todo mi potencial. También me ha permitido estudiar Teología y anteriormente Historia con los jesuitas, que son muy parecidos al estilo de la IT en cuanto al estudio, organización y oración, tres líneas muy importantes.
Una línea que yo viví muy joven es la parte social que siempre me atrajo, de ahí mi presencia en Chocó trabajando con los más pobres. En Madrid, trabajé en la Asociación Ciudad Joven en Vallecas, un barrio que en esa época estaba lleno de chicos en la calle que abandonaban la escuela y se dedicaban a delinquir. Nos reuníamos en pequeños locales y hacíamos actividades que resultaban atractivas para los jóvenes, más que robar un coche… Es bonito ver cómo los chavales se emocionan y empiezan a ver un mundo distinto. Entonces ya no roban porque se sienten valorados.
Por otro lado, también me gusta pintar. Solicité hacer un curso de iconografía y desde que vivo en Roma, hace ya ocho años, estoy en este proceso de “escribir iconos”, porque pintas en oración y aprender este arte con detenimiento, en calma, sin correr, en silencio, es pintar unida a Dios. Yo he hecho canciones orando, pero nunca había aprendido a pintar orando.
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